Discurso a cargo de don Cristián Zegers Ariztía., Director El Mercurio

Presentación Libro 150 años del Club de la Unión de Santiago 

Escasas son las instituciones no públicas que enteran siglo y medio de trayectoria en el Chile republicano. Este club es una de ellas, y la ha recorrido con señorío, no encerrado en sí mismo, sino finamente atento al devenir de los tiempos, sin perder nunca la inspiración de convivencia que lo fundó, ni el rasgo elegante que marca su sello.        

En esta específica materia —el club—, Chile no miró hacia lo francés, como en tantas otras áreas, sino a la  forma inglesa de amistad y convivencia. Con este modelo británico de normas y maneras —porque no únicamente la Billa vino de Londres— se consolidó como institución.    Es más, con similar  clasicismo pudo replicarse en Viña del Mar,  y con adaptaciones y variantes, en escalas más reducidas, pero incluso hasta con el mismo nombre, se la vio surgir cercana a la plaza de la mayoría de las ciudades chilenas importantes de principios del siglo pasado.    

La impronta de los clubes británicos tuvo largas raíces y enorme influjo en la vida pública y privada en la que era entonces primera potencia mundial de su tiempo. Ya en 1659 John Aubrey, escribía (cito):     “Ahora usamos la palabra clubbe para designar a una cofradía en una taberna”. En el siglo XVIII esta tendencia cobró la forma establecida de un lugar de encuentro, y en una sociedad como la inglesa, que tan profundamente respeta las singularidades, eso determinó una proliferación de clubes marcada por las más variadas experiencias e inclinaciones.     

Políticas, desde luego —tories, whigs, liberales—, durante una época inicial. Pero también las vivencias en el ejército, la flota, los dominios de ultramar, los caballos, la caza, la ciencia, la aviación, los automóviles, el teatro, los viajes y exploraciones, la literatura y las artes, los deportes, los colegios o universidades de formación, entre otras. Toda afición en común casi determinaba un club distinto.     Tan distinto a todos como podía ser el Club Eccentric, por ejemplo, fundado en 1890, que debió cerrar en 1984, pero que, a instancias de muchos, reabrió en 2007 y goza hoy de buena salud, con su reloj principal que marcha… a contrarreloj, con sus números y manecillas girando en el sentido opuesto al habitual.        

Lejos de tales excentricidades, este Club chileno persiguió algo más decidor, reflejado en el nombre escogido por su fundadores: “de la Unión”. Desde su nacimiento, procuró atemperar las ardientes pasiones políticas del Chile decimonónico, generando una casa cómoda para todos, y una convivencia ejemplar cuyo símbolo mayor lo encontramos en la galería de sus primeros presidentes.    Así como en 1864 se elegía al prócer conservador Manuel José Irarrázaval, apenas nueve años más tarde recaía la misma distinción en el gran jefe radical Manuel Antonio Matta, ambos extremos del espectro político de su tiempo.

Aunque la política y los desgarros nacionales sonaron fuertemente en los ventanales exteriores de las distintas sedes del club —en la revolución de 91, las anarquías de los años 20 y 30, o en el gran conflicto de los 70—, la convivencia interna respondió honorablemente a la sola lógica de la tolerante amistad. Creo que esta manifestación de civilización es el primer atributo con que el espíritu del Club contribuyó a lo que jamás Chile puede perder.           

Los memorialistas coetáneos con el primer medio siglo de existencia del Club, cuando este residía en sucesivas edificaciones que habían sido hogares de familia en nuestro antiguo núcleo urbano, valoraron sus costumbres austeras; el trato cercano y deferente con el personal de servicio, y el buen gusto y sencillez en los pequeños ritos imperantes en sus salones y comedores, que no desentonaban de la recia y sobria tradición doméstica chilena.    

Cuando el Club por primera vez abordó la construcción de una sede concebida para su necesidades, y donde hoy nos encontramos con el mismo estupor que de niños teníamos por su magnificencia, afrontó y superó el gran reto de mantener la misma dignidad en un gran palacio.    

Quienes la inauguraron en 1925 con la estupenda  arquitectura de Cruz Montt y sus colaboradores y la armonía y excelencia de su mobiliario, quisieron expresar sin duda un deseo de grandeza nacional.    El conjunto que pormenoriza este libro sobrepasó con mucho el nivel de desarrollo del país. No casualmente, un ingenioso de entonces comentó que “Ya tenemos club, ahora necesitamos una capital que le haga juego”.        

Aquí atravesó el Club todos los avatares de la historia nacional en los pasados 90 años. Aquí gozamos de este recinto admirable, reconocido como uno de los máximos hitos urbanos del país, con una colección de artes pictóricas, escultóricas, decorativas y aplicadas que, si no fuera sede de intensa vida actual, con pleno derecho constituiría un gran museo.         

Todo aquí fue cuidadosamente pensado para trascender las modas con un sentido de diseño clásico. La falta de este anhelo en algunos presuntos competidores recientes que el Club ha tenido, ha determinado que esta institución se conserve siempre más alta que sus congéneres.

Los directivos del Club saben bien cuán ingenua es la pretensión criolla de preservar nuestros Monumentos Nacionales con la simple y fácil publicación de un decreto en el Diario Oficial.    Basta hojear este admirable libro diestramente ejecutado bajo la dirección de Constanza López, Celia Eluchans y guadalupe Irarrázaval para advertir que muchas generaciones, hasta llegar al actual directorio, se han tenido que abocar con admirable vocación y diario sacrificio, y no menos talento, a mantenerlo vivo y reluciente, fresco y magnífico.    

Nunca podríamos arrepentirnos suficientemente si algún día este patrimonio invaluable se depreciara, y aún corriera riesgo de perderse, como lamentablemente ha ocurrido en otras latitudes.     

Don Guillermo Edwards Matte en su libro de 1944, con motivo de los 80 años del Club, que con acierto reproduce el volumen conmemorativo que hoy presentamos, define bien el alma que anima todo este patrimonio, y que no es otra cosa que “la reunión de hombres diferentes en tendencias, oficio y gustos”, y, ciertamente, la charla que conserva todo el sabor del encuentro de opiniones diversas, y la transforma en cambio ingenioso de ideas, permitiendo la convivencia de opiniones y de distintos modos de vivir.

Sin ningún título oficial, esta casa ha recibido en nombre de Chile a los más ilustres visitantes y dignatarios extranjeros. Con pleno anonimato, se han forjado aquí, en número indecible, muchas de las mayores y mejores iniciativas de bien público de la sociedad chilena, e innumerables otras, también, de buena beneficencia para los más pobres.    El periodismo ha cruzado aquí primeras pautas, y gobernantes y sectores dirigentes de las más diversas actividades han tenido asimismo el espacio acogedor y receptivo del sentir del otro, de aquel distinto y diferente, mucho mas allá del mero y tantas veces inútil estrépito de la calle.          

Aunque uno lamente la imposibilidad de tener nunca una verdadera historia del club, con la narración apasionante de todo lo grande y notable que aquí se ha gestado, esa misma imposibilidad, impuesta por la reserva de lo que han sido conversaciones de amistad, da cuenta de la grandeza de esta institución, y su aporte de discreción a la construcción de confianzas, tan necesarias a Chile.    

 

Esta obra ejemplar que hoy se presenta gracias a la iniciativa editorial talentosa de la Universidad Finis Terrae —que ya nos ha deparado otros libros patrimoniales de señalado valor— , y gracias también a tres generosos auspiciadores, es la cara visible, hermosa y colosal de este noble iceberg  patrimonial anclado en el corazón de Chile.   

¡Larga vida al Club, y que las generaciones que en su hora celebren su bicentenario, puedan sentir el mismo orgullo con que hoy lo saludamos y agradecemos su existencia!

Muchas gracias.

 13 de Octubre 2014